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La Coctelera

Me enamoré de un chavista

Yo, que nunca había metido la pata, puse mis ojos en un cuarentón rojo, rojito

2 Enero 2007

Hallacas de chavista

Las vacaciones me hacían falta después de tanto trabajar. El problema fue estar en mi casa, viendo a mi marido –sí, el escuálido- rascándose todo el día y pidiéndome que le rascara la espalda, sabiendo yo que no tenía la felicidad de pensar “tranquila, Enriqueta, que a dos escritorios del tuyo está tu chavista; podrás verlo y pedirle que te explique algo de tu computadora, para tenerlo cerquita”.

El 22 hice las hallacas. Mi marido creía que se la estaba comiendo amarrando como un profesional. No niego que la presentación de mis hallacas es perfecta gracias a su alma de ingeniero, cuadrando la hoja y el pabilo con una simetría casi enfermiza; pero algo dentro de mí no me dejaba parar de pensar que una hallaca amarrada por mi chavista, sería manjar de dioses.

Lo cierto es que yo hacía mi hallaca con el mismo amor y meticulosidad que Dios hizo la cara de mi chavista; esparcía la masa, como si fuera su cara redonda, le ponía el guiso en el centro dejando un espacio vacío como si fuera su candadito, sí, el pedacito de chiva que le rodea los labios.

Luego, ponía la tirita de pimentón como si fuera su sonrisa y dos aritos de cebolla como si fueran sus lentes. En el centro de la masa hundía la aceituna pensando en la nariz de mi chavista y la acompañaba de dos pasitas en el centro de las cebollas, que me recordaban a sus ojos oscuros.

Terminaba con dos pedacitos de pollo arriba, a manera de cejas; aunque no me gustaba usar el pollo para las cejas porque en realidad mi chavista no es tan canoso. Luego mi marido, el escuálido, lo enrollaba y lo amarraba…

En más de una ocasión sentí ganas de pegarle con el rodillo, porque sentía como si estuviera desbaratándole la cara a mi chavista y amarrándolo para que no pudiera sonreírme nunca más. Hice 500 hallacas; 500 veces armé el rostro de mi chavista y 500 veces sentí la impotencia de no poder evitar que mi marido lo convirtiera en un triste paquetico.

Además, cuando iba por la hallaca número 478 rompí en llanto al percatarme de que sólo quedaba una pasita. Imaginé a mi chavista tuerto, sin un ojito, y me derrumbé. Lloré y lloré por largo rato. Creo que hasta me quedé dormida porque lo próximo que recuerdo fue el sonido espantoso de una carcajada de mi marido:

-Jajajajajajajajaja, Enriqueta, mi amor… Yo no sabía que te gustaban tanto las pasas –dijo el imbécil ése-, pero ya no llores, mi pajarita, que ya fui a comprarlas. Mira, dos cajitas más… “Importadas de Canadá Sunmaid…

-¡Cállate, ridículo! –Le grité aferrándome a las cajitas de pasas-. Dámelas y vuelve a tu puesto… ¡A amarrar!

A pesar de eso ahora me siento sumamente feliz cada vez que como una hallaca. Siento como si él entrara a mi cuerpo con cada bocado, como si saboreara un beso suyo, como si él invadiera mi alma. Este ha sido el único año en que no le he regalado hallacas a nadie. Ni siquiera quisiera compartirlas con mi marido, pues cada vez que alguien come un pedazo de una de esas hallacas, siento los mismos celos que me invaden cuando imagino a mi chavista, haciendo el amor con alguna conquista suya.

servido por meenamoredeunchavista 1 comentario compártelo

1 comentario · Escribe aquí tu comentario

Consuelo

Consuelo dijo

Como me ha hecho reir.... pero ni una regaló?
ja jaja que bueno¡

14 Enero 2007 | 03:32 PM

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Me enamoré de un chavista

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Me llamo Enriqueta Mendoza y tengo casi 30 años, más aquellos que me resto y los que me sumé una vez. No hay psiquiatra que pueda tratar mi conflicto, por eso preferí contárselo al mundo entero: Amo a un chavista.

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