Mi chavista en la tele
Ayer por la tarde prendí el televisor y puse Aló Ciudadano. Es un programa muy bueno, el único que dice la verdad en estos momentos de crisis. Es mi única forma de disfrutar la vida desde que se implantó este régimen nefasto.
Sin embargo, algo me perturbó el día de hoy.
Su imagen danza en mi cabeza cada segundo de mi vida. Aparece como mil chorros de acuarela que se mezclan, hacen una masa infinita de colores y luego toman forma para mostrarme sus ojos, su nariz, sus labios y ese deseo implacable de hacerlo mío cuanto antes.
Eso me pasó mientras veía a Leopoldo Castillo recibiendo una llamada. De repente, ya no eran los ojos ni el bigote del Ciudadano, sino los de mi chavista. Estaba ahí, despotricando del gobierno, llevándome al éxtasis cada vez que gritaba “¡Otra llamada más!”. En esos segundos lo amé con locura. Lo amé con el amor infantil que le muestro para despistarlo de mi verdadera pasión, y lo amé también con la lujuria que debo esconder cada vez que lo tengo cerca.
Pero cuando estaba cerca, cerquita, del televisor, a punto de unir sus labios con los míos sin más barrera que la tibia pantalla, apareció mi marido recién llegado del trabajo, lanzando su carpeta al suelo y aventándose en el colchón, haciéndome ver de inmediato sus espantosas medias grises.
