Llamada del chavista
Ayer fue uno de esos sábados en los que mi marido se puso de manos largas y, luego de insinuar mil perversiones, terminó durmiéndose en mi pecho, como si fuera mi hijo, conforme con el sólo acto de hurgarle el cabello con mis dedos.
En realidad no me molestan sus arranques de ternura. Al contrario, me parece genial que en medio de su meticulosidad aún pueda sorprenderme entre semana; que tras cinco años de matrimonio no se haya acostumbrado a dejarlo sólo y específicamente para los sábados. En eso, es cierto, mi marido –sí, el escuálido- tiene bastantes puntos a favor.
No obstante, el ejercicio de peinarlo con mis manos me irritó un poco ayer. Y es que apuesto que mientras lo tocaba él contaba mentalmente las hebras que pasaban entre mis dedos. Es así, mi marido lo cuenta todo, lo ordena todo, lo calcula todo. Él sabe exactamente cuándo comprar pasta dental, pues estima a perfección cuántos apretones le quedan al tubo, siendo extremadamente preciso en sus cuentas: “amor, tu cepillo es cuatro milímetros menos largo y dos menos ancho que el mío; y yo siempre me cepillo dos veces más que tú, por eso saco dos cuentas y las sumo después, para dividirlas y obtener un promedio mínimo erróneo de…”
¿Acaso no es más fácil comprar otro tubo de dentífrico cuando el que esté en uso vaya más o menos por la mitad? Bueno, me quejaré el día que mi esposo haga un cálculo mal y amanezcamos sin pasta dental.
El punto es que anoche como a las doce mi teléfono repicó con la diana; eso me dijo que la llamada venía de un partidario del asesino. Sí, a los chavistas los marco con ese timbre para distinguirlos auditivamente y preparar mi cerebro: “te llama un pata en el suelo, Enriqueta, así que piensa como idiota para que puedas entenderlo”.
Rápidamente lo tomé de la mesita de noche y lo silencié para evitar interrumpir el descanso de mi esposo. En la pantalla, el nombre de mi chavista titilaba tentadoramente.
“¿Qué hago? ¿Contesto?”, me preguntaba nerviosamente.
Me senté con sumo cuidado y salí de la cama apoyando a mi esposo en una almohada. Antes de salir del cuarto le dediqué una mirada que me llenó de culpa: “¿Por qué te estoy haciendo esto?”, le susurré parada desde la puerta y fui hacia el balcón, limpiándome una lágrima.
Contesté el teléfono con la voz más sexy que encontré en mi repertorio de voces. Sí, yo tengo un repertorio de voces, pero después hablaremos de eso, y enseguida oí la voz de mi chavista:
-¿Aló? –dijo.
-Hola –respondí- ¿A qué debo este milagro? No me digas que estabas pensando en mí –dije con la piel erizada, pensando mil cochinadas.
-En realidad no… ¿Quién es?
La desilusión se apoderó de mí. Por un momento había pensado que tendríamos una retorcida sesión de sexo telefónico, que me citaría en algún oscuro lugar el domingo, que me diría que está obstinado de su mujer, que me inventaría que la macaquita del centro comercial es su sobrina y no su hija, que me comentaría lo bien que me quedan los tacones azules que me estrené el martes, o que me llamaría borracho y llorando porque mi marido tiene la suerte de acostarse conmigo y él no. Pero nada de eso ocurrió:
-Soy yo. Soy Enriqueta –dije con desánimo.
-Ehh… ¿Enriqueta? ¿Enriqueta Mendoza?
-La misma… ¿Conoces otra Enriqueta?
-Bueh… He conocido muchas mujeres en mi vida, pero la mayoría han tenido lindos nombres –dijo dejando escapar una risita.
En ese momento sentí que el frío de la noche estaba hecho de navajas que venían hacia mí desgarrándome la cara. Sentía calor en la nariz, como cuando tengo fiebre o ganas de llorar, y algo dentro de mi boca me impedía abrirla para hablar. No obstante, después de unos segundos, respondí para mantener ilesa mi dignidad:
-Claro. Me imagino –fingí reír mientras reprimía el llanto- ¿Qué quieres?
-Debo ser sincero contigo, Enriqueta…
“¡Se me va a declarar!”, pensé mientras, sin saber por qué, arreglaba mi cabello como si él me estuviera viendo; y renegaba de la idiotez de estar en pijama en un momento tan importante de mi vida. Entonces el frío de la noche volvió a ser brisa; ahora la luna era una guacamaya inmensa en medio del firmamento, una que aleteaba y soltaba sus plumas de colores para acariciarme el rostro.
-Está bien. Estoy preparada para escucharte –dije con seguridad-. Dime eso tan importante que me tienes que decir. En realidad estoy impaciente, amor.
-¿Amor? –preguntó entre risas- Bueno, Enriqueta, la verdad es que no te llamé a ti. Yo tenía tu número guardado como el de otra persona. La verdad es que me confundí y te pido que disculpes la hora en que te llamo y más si no es contigo con quien deseo hablar.
-No te preocupes –dije dejando caer el teléfono al suelo.
No volví a la cama. No podía volver porque sabía que mi marido se habría despertado y enseguida notaría que lloré. No podía volver porque mi alma no está acostumbrada a recibir el cariño de un hombre bueno inmediatamente después de que un patán me rompe el corazón. No podía volver porque arremetería contra un inocente para vengar la furia que me causó esa llamada del hijo de puta de mi chavista.

Consuelo dijo
Yo que me alejo de todo lo polìtico, sea del color que sea, procuré mantener distancia de éste blog. Pero este post me ha parecido tan bueno, que empiezo una lectura retrospectiva a ver que sigo encontrando.
Saludos
14 Enero 2007 | 02:56 PM