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La Coctelera

Me enamoré de un chavista

Yo, que nunca había metido la pata, puse mis ojos en un cuarentón rojo, rojito

18 Enero 2007

Después de la llamada (II)

Salí del baño sintiéndome más zorra que de costumbre. Sí, desde mi primera adolescencia he sentido un plus en esos rasgos indecentes que toda mujer –incluso yo, dama insigne de la capital- suele tener al momento de interactuar con un elemento del sexo masculino.

En mi caso particular siento que voy mirándolos a todos como si quisiera devorarlos. Siento que ellos también me miran así. El empujoncito de mi amigo, sí, el del baño, ése de charla y ademanes inconfundibles, fue el punto de arranque para un desnalgue sin precedentes en mi historia.

Les recuerdo que yo, Enriqueta Mendoza, desde el día de mi bautizo voy a Misa todos los domingos y jamás en mi decentísima vida he incurrido en el frecuente pecado de explorar la fisonomía de un sacerdote e imaginar lo que hay bajo la sotana.

-Hola… ¿Cómo sigues? –Le dije a mi chavista mientras me apoyaba en el monitor de su computadora, casi mostrándole mi push up nuevo.

-En realidad no entiendo tu pregunta –dijo mientras levantaba su ceja de coño e´madre- ¿Acaso yo estaba enfermo?

Sentí que era el momento de contraatacar. Ya habían sido suficientes humillaciones de su parte y no estaba dispuesta a soportar una más, así que desplegué mi artillería léxica con toda la intención de dejarlo fuera de base. Además, tenía que aprovechar que sentía que estaba mirando a través de mi escote:

-No sé si enfermo, borracho, pensativo. Pero estabas desmemoriado el sábado –y entonces saqué la voz de fémina felina seductora número 42- ¿O es que la llamada sí era para mí?

-¿Cuál llamada? –calló unos segundos- Ah, sí… Este, Enriqueta, parece que la desmemoriada aquí eres tú; fui clarísimo al disculparme: no te llamaba a ti.

“¡Hijo de puta!”, pensaba mientras intentaba disimular y recapitular las frases de mi amigui en el baño “Tú puedes, Enriqueta, lánzate a por todas, este hombre es tuyo y si no te avispas te lo quita la negrita solterona”, me repetía mientras elaboraba una buena respuesta.

-Tienes razón. Claro que… debo acotar que no había razón para disculparme. Una llamada tuya, un sábado a medianoche, podría dar pie a muchas cosas, ¿no crees?

-En realidad sí, Enriqueta. Hasta podríamos aprovechar el desvelo para adelantar trabajo y así tener hora de almuerzo el lunes, ¿no crees?

“¡Patán!”, pensé y seguí mi ataque... "¿Me estará invitando a almorzar?", me ilusioné. "Voy a decirle lo mucho que me gustan sus morisquetas de chavista".

-Extrañé todo este infierno en vacaciones –dije mirando hacia el fondo de la oficina-. Extrañé a Delia y sus almuerzos dietéticos, a Rubén y sus apuestas hípicas… Y te extrañé a ti, con tus muecas incansables y tus manías de trabajólico –terminé viéndolo a los ojos y esbozando una sonrisa.

-¡Vaya! ¿Ahora tengo que aguantarme que me saques los defectos en cara?

“Torpe, animal, imbécil… ¡La cagaste!”, me dije mientras lo veía levantarse de su escritorio, darme la espalda y caminar hacia la máquina de café.

servido por meenamoredeunchavista 2 comentarios compártelo

2 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Manganzón

Manganzón dijo

Qué buen blog!!! Esa Enriqueta si es zorra...y a punto de estrellarse!!! jajaja.
Tienes mucho talento

18 Enero 2007 | 08:23 PM

Katherine

Katherine dijo

Ay dios!! Si tu chavista no es hecho el pendejo, es bien bruto, jeje...
Esta historia en cada post se pone mejor. Saludos!!

19 Enero 2007 | 03:14 AM

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Me enamoré de un chavista

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Me llamo Enriqueta Mendoza y tengo casi 30 años, más aquellos que me resto y los que me sumé una vez. No hay psiquiatra que pueda tratar mi conflicto, por eso preferí contárselo al mundo entero: Amo a un chavista.

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