Todo por culpa del libro (II)
Hoy es otro domingo espantoso que tendré que compartir con mi suegra. Ya estoy horneando un muchacho cuadrado para que la vieja se deleite y entienda que, conmigo, su hijo podrá estar de todo, menos desnutrido o mal alimentado.
A mis amigos que se preguntan dónde está el libro de la discordia, les diré que les contaré la verdad aunque temo que realmente mi marido esté leyendo esta página y, entonces, acuda directo al lugar donde en este preciso momento se están enfriando sus sospechas. Sí, el libro está envuelto en papel de aluminio, dentro de un conservador de alimentos, enterrado en el fondo de congelador, debajo de las horrendas hallacas que nos regaló su mamá; sí, sepultado por unas cincuenta espantosas hallacas que ni siquiera él, con todo su amor de hijo, soportó comer.
Desde aquella noche terrible que les relaté hace varios días, mi marido no me toca y las llamadas misteriosas son cada vez más frecuentes. Creo que haberle ocultado el libro es una de las razones que lo han hecho resistirse a mis encantos y refugiarse en algún interlocutor desconocido e irrevelable para mí. Mi marido, sí, el escuálido, se ha vuelto un patán en todo el sentido de la palabra. Aún me obedece en muchas cosas, pero ya no es el perro faldero con el que me casé y cuya debilidad de carácter extraño, aunque me hacía odiarlo a veces.
Mientras tanto, las cosas en la oficina van de mal en peor. Mi chavista me evade como si estuviera totalmente seguro de la atracción que me une a él. Se escurre cual jabón dentro de una infinita bañera, me maltrata y me hace sentir poco atractiva a pesar de yo saber que estoy divina. Ha volcado su atención en la solterona ridícula de edad incalculable y ya, en definitiva, no es el mismo de antes.
La verdad es que me encuentro en una encrucijada en la cual el deseo de escapar me está haciendo percibir más virtuoso a mi marido, pensando quizás que él es lo seguro en mi vida. Sin embargo, ahora él también ha dejado de representar mi seguridad, a pesar de que intento por todos los medios sentirme enamorada de él como el primer día, ya no puedo decir que me siento tan correspondida como entonces.
Mi chavista, mientras tanto, me resulta indiferente o al menos eso intento pensar. Lo esquivo yo también porque temo profundamente que algo en su mirada, en alguna de sus dos cejas –la de coño e´madre o la otra-, en sus medias, en su olor o en su cabeza carente de cabellos me haga notar que esta guerra la ganó la solterona. Porque, si algo es cierto a estas alturas, es que la lucha por mi chavista dejó de ser entre mi dignidad, mi carácter insigne capitalino y yo; dejó de ser entre las medias grises de mi marido y mis ganas de sentir pies desnudos por las noches; dejó de ser entre él y su chavismo absurdo y yo con mis ideales libertarios… ahora es entre ella, esa solterona sin gracia, y yo, Enriqueta Mendoza, dama insigne y además irresistible de la capital.

3rn3st0 dijo
Heme aquí nuevamente. Veo que tu situación es cada vez más comprometida. Insisto en que debes cuidarte más.
Saludos preocupados desde Guanare
11 Febrero 2007 | 05:43 PM