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La Coctelera

Me enamoré de un chavista

Yo, que nunca había metido la pata, puse mis ojos en un cuarentón rojo, rojito

20 Febrero 2007

Últimos acontecimientos

Que mi marido, sí, el escuálido, haya tenido vacaciones desde el jueves es algo bueno para aquellas que quieren al marido en casa todo el tiempo, para mí, ahora que he desarrollado cierta celotipia con relación a las llamadas misteriosas que se recibe; pero no para esa parte de mí que espera el menor descuido para deslizarse hasta el escritorio y desahogarme con mis adorables cómplices virtuales.

Lo cierto es que el Día de los Enamorados mi marido me sorprendió con un par de entradas para el concierto de Ana Gabriel en El Poliedro de Caracas. No puedo negar que el detalle fue hermoso y halagador, además de lo excelente que estuvo el espectáculo; sin embargo, mi marido nunca pierde una ocasión para hacer que yo lo aborrezca un poquito más:

-¿Por qué lloras, chica? Si no te gusta la cantante, me lo dices y nos vamos.

-No es que no me guste, grandísimo Picapiedra. Es que me conmueve…

-Enriqueta, la última vez que te conmoviste por algo relacionado con la música, fue cuando tu hermano me abolló el techo del carro; cuando me lanzó un coco seco por la ventana… el día aquel que fui a darte serenata.

-Teníamos dos días de novios. Te lo merecías por ridículo. Ahora cállate y déjame escuchar la canción…

-Mira quién lo dice, princesa… Llevas media hora moqueando y ya me estás desesperando.

-¿Sabes qué?

-¿Qué? ¿Me vas a mandar a callar otra vez?

-Iba a pedirte un abrazo… de hermano mayor…

-Claro… sólo que con tu hermano no tiras…

Me ahorré la discusión acerca de las diferencias entre “tirar” y “hacer el amor”. Últimamente he tenido demasiadas charlas al respecto con un marido que más bien parece una pared. Daría cualquier cosa por eliminar tanto las medias grises de sus pies, como el verbo “tirar” de su vocabulario. Callé para no seguir discutiendo, y porque –aunque Ana Gabriel ya estaba cantando otra cosa a la que no presté atención- en mi mente aún retumbaban frases de Simplemente Amigos…

Siempre, como ya es costumbre día a día es igual

no hay nada que decir ante la gente es así
amigos simplemente amigos y nada más”

Se repetía la estrofa en mi cabeza, al tiempo que recordaba los movimientos de mi chavista desde que entra a la oficina hasta que prende su computadora. Sagrados, secuenciales e imperturbables. Siempre con el odio que suponen unos cuarenta años insatisfechos, con el vacío cómplice que nos amarra y nos distancia al mismo tiempo. Siempre él y siempre yo entre miradas furtivas que a veces juegan a ser muestras de antipatía.

“Pero quién sabe en realidad, lo que sucede entre los dos
si cada quien llegando la noche finge un adiós”

Entonces, recordaba todas las tardes en las que él me dirige una mirada de odio cuando recibo la llamada monótona y frustrante de mi marido: “estoy aquí, baja” o “¿ya vas saliendo? Yo llego a las seis, amor”. Recordaba también cuando él sale acarreando pasos de ganas ignoradas, sale de la oficina con una despedida general que me rompe el corazón y me hace pensar “pudiste acercarte y darme un beso”.

“Siempre, con miradas siempre nos damos todo el amor
hablamos sin hablar, todo es silencio en nuestro andar,
amigos simplemente amigos y nada más”

Y vino a mi mente la única imagen posible ante una frase como ésa: su abrazo de oso aquella mañana. Esa especie de declaración ingenua y sensual a la vez. Sin proponérmelo, abracé a mi marido intentando revivir la sensación del pronunciado abdomen de mi chavista, de su espalda angosta y su olor a flores viejas; y, entonces, el frío del clip de su corbata me quemó la muñeca como diciéndome “te quemarás en el infierno”.

Volvimos a la casa un poco después de la madrugada. Mi esposo intentó reparar la metida de patas del concierto:

-Hoy te amo un poco más, Enriqueta… hoy tuve una cita con la linda universitaria de ojos grandes y hablar rápido… me hizo feliz que regresara por unos momentos…

-Gracias. Me gustó la salida, gordo.

-Lamento haberte peleado por llorar. En realidad no supe manejar la ternura que me produjiste… queriendo ser dulce fui todo un troglodita…

-No te preocupes, gordo. Está todo bien. Ya casi empiezan a excitarme tus maltratos. Tus llamadas misteriosas son realmente afrodisíacas… lástima que nunca correspondas mis impulsos.

-Y con mi pequeña novia ucevista volvieron las frases ácidas, ¿no?

-Ya no soy tu pequeña novia ucevista, gordo. Te estoy hablando muy en serio… ahora cualquier cosa es excusa para tratarme mal. Te has vuelto un patán y no me gustan las llamadas que recibes. Además, hace mucho no me tocas…

-Lo sé, amor, y te pido mil perdones… ¿Quieres que cambie mi teléfono? Igual puedes revisar éste cuántas veces quieras, preciosa. Puedo dejar de usar celular en la casa, si lo prefieres.

-No puedes. Lo necesitas para trabajar.

-Para eso están los teléfonos de la oficina. Así estarás más tranquila… ¿deseas eso?

-No. No soy una celópata.

-Deberías… mira que muñecos como yo…

Enseguida me cargó y me llevó en sus brazos a la cama. Una vez más optó por comportarse como si fuera mi papá. Al amanecer, el jueves, antes de desayunar, pude ver con admiración que mi esposo había recogido todo lo que saqué para ambientar la cena romántica que no se hizo, dada la salida al concierto. Si algo tiene de beneficiosa la mente cuadrada de mi marido, es que jamás la casa estará desordenada.

servido por meenamoredeunchavista 1 comentario compártelo

1 comentario · Escribe aquí tu comentario

Consuelo

Consuelo dijo

Le damos otro punto al escualido? jajaja
No deja de ser una ventaja eso¡

23 Febrero 2007 | 04:58 PM

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Sobre mí

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Me enamoré de un chavista

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Me llamo Enriqueta Mendoza y tengo casi 30 años, más aquellos que me resto y los que me sumé una vez. No hay psiquiatra que pueda tratar mi conflicto, por eso preferí contárselo al mundo entero: Amo a un chavista.

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