Ida de mi casa (II)
-¿Qué haces aquí, Enriqueta? –Dijo con asombro mi chavista.
-Dejé a mi marido… ¡Lo dejé! –Dije riendo entre lágrimas.
-Estás loca, ¿sabes? ¿Puedes decirme qué pasó?
-No podía seguir con él. Yo te necesito a ti –me eché en sus brazos-. Dime que no estoy enamorada sola… dímelo.
-Oso, ¿y entonces? –Una voz desde el fondo del apartamento-. Si no vienes se va a enfriar esta gatita…
-Estoy acompañado, Enriqueta –dijo apartándome-. Lo siento tanto, yo…
-Nada. Está bien. Eso ya respondió todo. Adiós.
Intenté alejarme del umbral, pero su mano me detuvo asiéndome violentamente:
-Puedo no ser un monje… pero no te enamoraste sola –dijo y cerró la puerta.
