Llamada al chavista
Pasé varios días analizando las ventajas y desventajas de llamar al chavista. Finalmente, entre la terquedad de Diego y el profesionalismo de Claudia terminé marcando el número y con las piernas temblorosas ante la certeza de oír su voz:
-Pensé que no querrías hablarme o verme nunca más. Darío nos explicó lo del reposo, dijo que estabas en crisis de estrés y no sé qué más…
-¿Pensaste que yo? ¿Y acaso tú quieres hablarme o verme alguna vez más?
-Claro que sí. Si sólo supiera dónde estás… o si aceptaras verme, Enriqueta, me sentiría halagado y muy feliz.
Decidí ser directa en mis planteamientos, no dar más larga a este novelesco pasaje de mi vida:
-¿Tú estás enamorado de mí?
-Lo estoy. Estoy enamorado de ti. Sólo que no sé por qué jamás me atreví a acercarme. Ahora todo es diferente, porque tú tomaste una decisión, porque estamos lejos del trabajo…
-Y lejos de ella…
-¿De quién?
-De la seudo intelectual ésa…
-Ella no me interesa. No sé qué habrá dicho o hecho para que lo creas así. No sé qué mala señal te habré dado yo, Enriqueta, pero si alguien me importa en esa oficina, eres tú, aunque sea un idiota y no sepa manejarlo. Aunque ahora note que me he dedicado a herirte. No me importa lo escuálida que seas… me gustas.
-¿Y qué pasará ahora?
-Lo que tú quieras que pase. Mi apartamento está solo, podemos conversar. No espero a nadie…
-¿No? ¿Ni siquiera a la “gatita”?
-Llegaste en el peor de los momentos. Esa mujer fue un error de mis hormonas. Un error que no es frecuente, te lo juro. Por favor, ven. Hablemos, aquí, ¿sí?
-No quiero ir.
-Entonces déjame buscarte… ¿Dónde estás?
-Yo iré.
